*Publicación digital - Febrero 2009
Año I N°1



 

 

Baja de la edad de imputabilidad


Una propuesta que no ganó consenso
Por Marcelo De Biase

Los mensajes desde ámbitos de autoridad, dirigidos a la sociedad, deben ser meditados, masticados y elaborados para no sembrar confusión y falsas expectativas en la población.

La propuesta de bajar la edad de imputabilidad, realizada en forma estridente por el gobernador Scioli y parte de su gabinete, mediática y a ritmo de la opinión interesada de algunos medios, obturó un debate necesario que se estaba profundizando en nuestra provincia a partir de la sanción de la ley 12.607 a fines del año 2000. Ese debate giraba en torno a las políticas públicas dirigidas a la infancia y al indelegable rol del Estado de cambiar su relación con la niñez bonaerense.

La lucha de ONGs, movimientos sociales y trabajadores para superar el decreto 10.067 pareció paralizarse con las palabras de la máxima autoridad política gubernamental de la provincia de Buenos Aires a fines de Octubre de 2008.

Muchos suponíamos, equivocados, que la propuesta de bajar la edad de imputabilidad obtendría grandes consensos por parte de sectores políticos y sociales, identificados históricamente con el ideario represivo y segregador como base de las políticas dirigidas a la niñez. La reacción rápida de sectores progresistas identificados con el campo popular y la justicia social ensanchó el debate y puso en la agenda mediática y política a los postergados niños, a sus cruentas realidades cotidianas y a las falencias del Estado provincial para resolver esas cuestiones. Por suerte el debate se ha hecho público, persiste y se enriquece, ensanchando la cancha más allá de los límites que le impuso el discurso del gobernador.

El Estado provincial tiene una gran deuda con la niñez. Por ello amplios sectores políticos y sociales corrieron la bocha, organizaron marchas y propusieron ideas profundas que unieron a militantes y trabajadores de variadas vertientes políticas y sociales. Esto es un saldo más que positivo, ya que la discusión de propuestas no hace más que favorecer su riqueza.

Para algunos la propuesta emitida desde la gobernación, por su estridencia, nos pareció violenta y peligrosa; acotada, pobre y falta de profundidad. Repasando un poco la historia, parecería que existe un discurso que ha sostenido las prácticas represivas y punitivas hacia la niñez, que no han hecho sino profundizar la segregación social y la exclusión de amplios sectores. Nos atreveríamos a sintetizar estas propuestas en tres ejes, simples:

1. El control social punitivo es la herramienta básica de abordaje de los sectores que deben ser moralizados por su potencial peligrosidad para la sociedad de los integrados.
2. La segregación (secuestro institucional) es el método que permitirá abordar a esos individuos.
3. La elusión de la comunidad y sus organizaciones como parte de cualquier estrategia de inclusión social.

Estas propuestas derivan de una concepción acabada del ser humano muy particular, que culpabiliza a las personas por las omisiones del Estado, que supone al sujeto aislado de su medio y a los niños como semillas que crecen según la suerte del agua que los riegue y no como productos sociales, como subjetividades concretas de momentos históricos determinantes.

Desde la dictadura militar hemos sido presa del llamado pensamiento neoliberal, que ha sembrado su ideología en la economía y la sociedad argentina. Los lazos sociales, históricamente solidarios de nuestro pueblo, se han transformado en competencia salvaje, en la guerra de todos contra todos, en el sálvese quine pueda y en individualidades posesivas y consumistas. Esta forma de vínculo es mamada por nuestros niños, transmitida por los adultos y los grandes medios de comunicación, es una forma de convivir que se produce y reproduce incesantemente y alienta la despreocupación por los próximos, por los semejantes. Y esto ha sesgado la cosa pública en muchas ocasiones a partir de propuestas que no son para todos, que se olvidan de muchos y que alientan falsas esperanzas.

Nuestro compromiso como militantes, trabajadores, funcionarios y pensadores es estimular una nueva relación de los niños y los jóvenes con la "cosa publica", con el interés común, con la historia compartida. Ya no desde el individualismo, sino desde la organización solidaria, el espíritu colectivo y la posibilidad de cambiar la historia, apropiándose de dos herramientas fundamentales: la Política y el Estado.

Si promovemos la profundización de la distribución equitativa del ingreso, la justicia social y la participación popular, debemos ser consecuentes en los dichos y en los hechos.

Los anuncios estridentes confunden, más cuando las propuestas se basan en datos empíricamente falsos. Lo que se debe debatir es el rol del Estado en la construcción de una sociedad más justa, las prácticas estatales perturbadoras del desarrollo de los niños y esas terribles "inercias" administrativas, técnicas y profesionales que siguen segregando, estigmatizando y violentando a los niños, las niñas y los jóvenes de los sectores sociales que han quedado al borde, o del todo afuera de los beneficios de la seguridad social.