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Nueva
Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual
Niñez
y medios de comunicación
"Cuando
sea grande quiero estar informado"
Por: Víctor Ego Ducrot
(Periodista, escritor, profesor de la
Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la
Universidad Nacional de La Plata (UNLP). Director del Observatorio
de Medios de Argentina, de ese centro de estudios.)
Sin que estas reflexiones pretendan especialidad
en cuestiones de niñez, sí se puede afirmar
lo siguiente: la historia inmediatamente previa a los años
que corren nos habla de familias, escuelas, médicos,
e inclusive espacios públicos, como iglesias, calles
y plazas, por ejemplo, como principales productores y reproductores
de sentidos comunes de cara a pibes y pibas. Sin embargo,
y por múltiples razones cuyo abordaje excedería
las posibilidades de este artículo, ese escenario fue
sustancialmente modificado.
Lo que desde principios de la pasada década
del `60 se vislumbraba como posibilidad (y amenaza) cierta,
cuando comenzó a popularizarse la TV, en la actualidad
es un hecho incontrastable: niños, niñas y adolescentes
aplican mucho más tiempo de ¿interactuación?
con los contenidos de la tele, de Internet y de la telefonía
celular que con los sujetos y protagonistas del proceso de
formación de sentidos de la "antigüedad".
¿Ese hecho es positivo o es negativo?
Esta columna no tiene por objetivo ni por pertinencia responder
a semejante pregunta, aunque sería oportuno destacar
que no se trata de idealizar el pasado, de incurrir en una
mirada bucólica de los tiempos que fueron, porque ni
la familia, ni la escuela, ni mucho menos el hospital y las
iglesias fueron ni son por sí mismas instituciones
liberadoras del sujeto e integradoras sociales en términos
democráticos,
Simplemente, estas líneas proponen
tener en cuenta que, frente a cualquiera de las variantes
de los denominados medios de comunicación social, los
niños y las niñas (los adultos también,
por supuesto) están sometidos a una poderosa acción
manipuladora, debido a la notable asimetría que se
registra entre la capacidad de influencia del aparato mediático
y la de los y las receptoras, aislados y fragmentados como
sujetos sociales.
Nótese que el proceso de concentración
en la propiedad de los medios, y por consiguiente en el de
producción de sentidos, es simultáneo, pertenece
al mismo tiempo histórico en el cual nuestra sociedad
se vio y en buena medida se ve sometida a la licuación
de la educación pública y a la destrucción
de ámbitos de pertenencia de clase o grupo, como lo
son los sindicatos, entre otras instancias. No es casual que
los protagonistas o actores alterativos centrales del orden
neoliberal, los movimientos sociales, hayan sido y sean los
más activos en la lucha por la democratización
mediática.
Desde el modelo teórico y metodológico
Intencionalidad Editorial, desarrollado por investigadores
de las universidades nacionales de La Plata, Cuyo y Buenos
Aires (ver "Nocturnidad y sigilo en las prácticas
periodísticas hegemónicas
"; Víctor
Ego Ducrot y otros autores; Ediciones del Centro Cultural
de la Cooperación; Buenos Aires; 2009), aquellas asimetrías
entre emisores y receptores a la que se hizo referencia en
párrafos anteriores se en los siguientes términos:
los medios de comunicación social tienen un fin
último que NO es informar, NI formar, NI entretener,
sino convertir sentidos de clase en valores universales, de
forma tal que la sociedad en su conjunto se organice y se
discipline conforme al aparato ideológico de las clases
dominantes. Ese maquinaria de producción y reproducción
de sentidos es lo que le permite al modelo hegemónico
seguir siendo hegemónico, tanto en términos
económicos, como políticos y culturales.
Si aceptamos ese diagnóstico, si nos
inscribimos en un proyecto alterativo de la actual hegemonía
excluyente de los grandes contingentes sociales y si nos atenemos
al título del presente artículo - "Cuando
sea grande quiero estar informado" -, mejor nada mejor
que comenzar de chicos, ¿no?
En ese sentido, la Ley de Servicios de Comunicación
Audiovisual, recientemente sancionada por el Congreso Nacional
y promulgada por el Poder Ejecutivo, puede y debe ser un instrumento
indispensable para que los y las argentinas aún no
adultos comiencen a ensayar, a entrenarse, en un nuevo tipo
de democracia, porque esa norma jurídica promueve el
efectivo cumplimiento del derechos de todos y todas a informar
y a estar informados.
Ya en pleno siglo XXI, una democracia sin
medios de comunicación desconcentrados y a disposición
del conjunto de la sociedad es apenas una cáscara vacía;
o, lo que es lo mismo, una vida sin calles ni plazas, una
escuela sin maestros ni alumnos, un hospital convertido en
playa de estacionamiento, una familia generadora de malestares
en la cultura.
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