*Publicación digital - Octubre / Noviembre 2009
Año I N°5

 

 

Manual del alumno peronista

No es nostalgia, ni queremos comprar un boleto en la máquina del tiempo. Por el contrario, pretendemos interrogarnos sobre el futuro en este fin del mundo en el que, entre tantas cosas que dejaron de ser, parece haberse producido una "destitución de la niñez", tal como la concebimos a lo largo de la larguísima modernidad.
A 20 años de la Convención de los Derechos del Niño y ante el desafío que nos propone la nueva ley de Servicios de Comunicación Audiovisual como herramienta para hacer efectivo el derecho a la libertad de expresión (Artículo 13) que incluye "la libertad de buscar, recibir y difundir informaciones e ideas", nos preguntamos qué idea y sentido de niñez estamos construyendo; en qué medida los propios niños participan o pueden participar de esa construcción; cuánto esta construcción simbólica se carga de sentido político para que sea fecunda en hechos que transformen la realidad; hasta dónde ayuda a alumbrar esta ciudadanía a la que los niños están entrando a los codazos, como pueden, en este tan pregonado fin de la modernidad.

Los únicos privilegiados

Sin duda la última idea fuerte, pública y política, de la niñez la consolidó el peronismo en sus discursos y prácticas de la década 1945 - 1955. Es un "mundo infantil" sólido y luminoso. Los niños juegan, estudian, están en la escuela, practican deportes, van de vacaciones, saludan a la bandera. Están amparados por las figuras tutelares de mamá, la señorita y Evita. El padre apoya la mano sobre el hombro del niño que mira al porvenir.

Y más, son parte de un Pueblo y de una Patria, que se escriben en los cuadernos con P mayúscula, como Perón. Y en esa Patria tienen un lugar destacado, son "los únicos privilegiados", como si dijéramos hoy "prioridad absoluta" o "interés superior del niño", fórmulas acertadas pero que suenan un poco más abstractas. Esta integración política de la niñez impregna los mensajes y la comunicación oficial. Vemos un "Plan Quinquenal al alcance los Niños" donde el plan estratégico de gobierno está explicado para ellos y dónde son el centro y fin de vastos desarrollos. Los libros de lectura llevan nombres como "Patria Justa". La Ciudad Infantil y la República de los Niños, plasman esa idea, mezcla de cuento de hadas, paraíso y ciudadanía.

Y más, porque Evita fue mucho más lejos. Cuando define las políticas sociales, y en ellas las de niñez que ocupan un lugar central, las coloca en otro eje del que habitualmente desarrollaba la beneficencia: "No es filantropía ni es caridad, ni es limosna ni es solidaridad social ... Para mí es estrictamente justicia." Como si hoy dijéramos concebir las políticas públicas de niñez desde la óptica del derecho. Y más, porque Evita entendió a la niñez, como lúcidamente lo señala Sandra Carli, como vanguardia: "Para Eva Perón, la ayuda social al niño tuvo, además de su carácter reparatorio y de redención social, un sentido político instituyente de un nuevo orden cultural y político. Ese niño, pequeño descamisado, cabecita negra, del interior del país, huérfano o paria, iba a ser vanguardia, ciudadano, peronista leal, artífice del futuro."

Evita los ve y los convoca: "Allí están los niños que no figuraban en la preocupación de nadie porque no podían votar, ni podían prestar sus nombres inocentes para las sucesivas farsas electorales con que se pretendía demorar el despertar de nuestro pueblo. Allí agonizaban subalimentados, enfermos, los hijos de los mismos que creaban la riqueza y que no tenían ante ellos otro futuro que el hospital, la miseria y la desesperación; o el delito." Este discurso promueve una práctica, un dispositivo de intervención: "La ayuda social al niño, para Eva Perón, incluía varios pasos: la movilización o el reclutamiento de la población infantil pobre y la inclusión de los niños en nuevo tipo de dispositivo institucional (ciudad infantil, hogares, escuela). Este tipo de intervención estatal pretendía alterar radicalmente la continuidad intergeneracional de la pobreza y de la cultura política: desde este imaginario se creía que otro tipo de experiencia de infancia podía proyectarse hacia el futuro de la sociedad argentina provocando una ruptura en los futuros prediseñados por el origen social, por tradiciones intelectuales y por trayectorias políticas. Si evaluamos la persistencia histórica de la identidad peronista, esta creencia debería ser tenida en cuenta para el análisis" (Sandra Carli).

Jacinta Pichimahuida y los signos de los tiempos

1966. En la pantalla de canal 9, el canal de las mellicitas Nu y Eve, se inicia la transmisión de una tira televisiva que hará historia: Jacinta Pichimahuida. La maestra angelical, nacida de la pluma de Abel Santa Cruz, es interpretada por Evangelina Salazar. La escuela pública, el barrio y su universo plural y policlasista, el mandato, aún vigente, del ascenso social por el estudio. Y un mundo de valores simple que Jacinta Pichimahuida sintetiza con claridad proverbial: Los que se portan bien van al cielo. Los que se portan mal, al infierno.
En el noticiero se contaba (y se ocultaba) otra historia: El Onganiato, la Noche de los Bastones Largos, la política económica de Adalbert Krieger Vasena, con su apellido de Semana Trágica, que produjo una devaluación del 40%, congeló los aumentos salariales por dos años, suspendió los convenios colectivos de trabajo, sancionó la Ley de Alquileres que facilitaba los desalojos compulsivos, y la Ley de Hidrocarburos que abría la puerta de las empresas privadas trasnacionales al negocio del petróleo, entre otras medidas.

1974. Pichimahuida vuelve. Sin mayores variantes, tal vez más deshilachado el mito, pero aún pleno de vigencia. Esta vez es María de los Ángeles Medrano la que encarna a la Señorita Jacinta. Sobre el éxito de la serie se monta ahora un incipiente y candoroso proyecto multimedia, ya que se lanza también una publicación semanal en formato de foto novela y, posteriormente, una película que se estrena en todos los cines.
Desde la aparición de la serie televisiva al estreno de la película, en 1977, los argentinos vivimos otra película, de terror. La muerte de Perón; la presidencia de Isabel, el "brujo" López Rega, Las Tres A; el golpe genocida de Videla, la desaparición, tortura y asesinato de miles y miles de compatriotas. Ya no era tan claro dónde quedaban el cielo y el infierno ni cómo se accedía a ellos.

1983. Con el advenimiento de la democracia renacen las esperanzas y renace, también, Jacinta Pichimahuida. La tira ahora se llama "Señorita maestra" y Jacinta Pichimahuida es interpretada por Cristina Lemercier. La figura paternal y compinche del portero Efraín (Héctor Fernández Rubio) impuso su definición de la niñez escolar: "Blancas palomitas" con la que diariamente les daba la bienvenida. Pero el héroe indiscutido de todos los niños era Palmiro Cavallasca. Bruto como un arado pero bueno como el pan. Con su famosa frase "me hirve la cabeza" actualizaba el viejo axioma de Salomón en el Libro de la Sabiduría: "Quien agrega ciencia, agrega dolor".
La hiperinflación, las leyes de obediencia debida y punto final fueron horadando el sueño democrático. El golpe financiero al presidente Alfonsín. El advenimiento del menemismo y la década neoliberal de los '90. Mejor no saber ni lo que pasó, ni lo que se viene. Cuando Domingo Cavallo manda a "lavar los platos" a la socióloga Susana Torrado quien advierte con sus investigaciones que vamos derechamente al desastre, aspira a una sociedad Cavallasca, pero sin bondad. El cinismo parece ser la mejor actitud para la época. Jacinta ya no volvería.

Década del '90 y fin de los tiempos. Esa última aparición televisiva fue un verdadero canto del cisne. Los noventa ya no pudieron tener su Jacinta Pichimahuida. En 1995, murió Abel Santa Cruz, el padre de Jacinta. La Señorita Maestra terminó sus días el 27 de diciembre de 1996 con un balazo calibre 38 en la cabeza. Más allá del expediente judicial, hasta hoy se discute si Cristina Lemercier se suicidó o fue asesinada. Su marido, Raúl Ortega, hermano de "Palito", y por entonces embajador plenipotenciario en Costa Rica, se vio envuelto en las sospechas ya que estaba presente cuando se produjo el hecho y la autopsia reveló que el cuerpo estaba lleno de moretones. El suicidio se habría producido después de una fuerte discusión con su marido, del que se encontraba separada de hecho hace un tiempo.

El 17 de junio de 2004, una noticia policial conmovió a los seguidores de la telenovela de Jacinta Pichimahuida que, tal vez a su pesar, ya habían crecido. Siracusa, que era el travieso de la clase, había sido abatido por la Policía Federal. Y Cirilo, el negrito que vivía enamorado de la rubiecita Etelvina, fue detenido acusado de robo calificado. Cirilo, para ese entonces, era cabo de la Policía Federal y con Siracusa tenían un conjunto de cumbia. Todo sucedió en un confuso episodio en el que un efectivo de la comisaría 25 que estaba de civil, impidió el robo de un maxikiosco en Palermo disparando contra Siracusa y un ex agente de la Policía Federal. Los dos murieron y Cirilo, que también estaba presente, cayó en la volteada como cómplice. Las malas lenguas hablaron de un ajuste de cuentas entre policías.

Al amor imposible de Cirilo no le fue mejor. En julio de 1989, Etelvina, embarazada de dos meses y deprimida, se arrojó desde el segundo piso de la casa de sus padres, en Avellaneda. Palmiro Caballasca zafó. Tiene un poli rubros en el barrio de Villa Luro. En la pared del negocio exhibe, blanco e inmaculado, el delantal que usaba en la serie.

Si tuviéramos que buscar un final a esta historia, elegiría el velorio de Jacinta Pichumahuida en 1996. Además, ya fue escrito en la crónica periodística que dio cuenta de la muerte de Cristina Lemercier : "El velatorio se realizó en medio de una absoluta reserva. La familia de la actriz impidió que el periodismo ingresara a la sala funeraria. Sobre la vereda, pudieron verse muchas coronas; entre ellas, se destacó la que mandó el presidente de la Nación, Carlos Menem". Lo demás se dio por añadidura. No siempre las historias terminan bien, como quería Abel Santa Cruz.


¿Y ahora?

En el año de los escombros, en ese 2002 después del terremoto, se publica "El Manual del Niño Peronista" que reúne la obra plástica con que Daniel Santoro da cuenta de la mitología peronista y recrea desde el amor, la ironía, la irreverencia y la desmesura ese mundo de los únicos privilegiados. Es un ejemplo de vigoroso trabajo artístico y cultural. No hay muchos.
¿Seremos capaces de forjar un discurso sobre la niñez, con los niños? ¿Podremos encarnar los avances que en el plano simbólico fuimos forjando en estos 20 años de la Convención de los Derechos del Niño? Desde la Constitución Nacional y las Provinciales, desde las leyes y decretos, desde el nuevo lenguaje técnico y jurídico ¿seremos capaces de dar cuenta de la realidad de los chicos de las barriadas del conurbano? Al lenguaje un poco abstracto con que fuimos derogando la concepción del patronato ¿podremos insuflarle vida, calor, épica, contenido político? Para que la palabra, como en el Génesis, sea creadora de vida. Para que se haga la luz. ¿Podrá ser palabra de esperanza?

Porque está llegando la Patria de los Niños. Por la puerta de atrás está entrando, por la puerta del dolor. Pero llega. Junto a otras Patrias que ya han entrado a empujones. La Patria de los Pobres, de los cabecita negra, el aluvión; la Patria de las Mujeres, que acercaron el amor a la política; la Patria de los Pueblos originarios, nuestros paisanos los indios, como los llamó alguna vez el General San Martín.
Están llegando los niños para librar la última batalla por la ciudadanía. La última, que resume y redime todas las demás. "Aquí estamos", nos dicen.
¿Nos piden que los ayudemos? Puede ser. Pero en realidad vienen a salvarnos. Escuchemos.