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Manual
del alumno peronista
No es nostalgia, ni queremos comprar un boleto
en la máquina del tiempo. Por el contrario, pretendemos
interrogarnos sobre el futuro en este fin del mundo en el
que, entre tantas cosas que dejaron de ser, parece haberse
producido una "destitución de la niñez",
tal como la concebimos a lo largo de la larguísima
modernidad.
A 20 años de la Convención de los Derechos del
Niño y ante el desafío que nos propone la nueva
ley de Servicios de Comunicación Audiovisual como herramienta
para hacer efectivo el derecho a la libertad de expresión
(Artículo 13) que incluye "la libertad de buscar,
recibir y difundir informaciones e ideas", nos preguntamos
qué idea y sentido de niñez estamos construyendo;
en qué medida los propios niños participan o
pueden participar de esa construcción; cuánto
esta construcción simbólica se carga de sentido
político para que sea fecunda en hechos que transformen
la realidad; hasta dónde ayuda a alumbrar esta ciudadanía
a la que los niños están entrando a los
codazos, como pueden, en este tan pregonado fin de la modernidad.

Los únicos privilegiados
Sin duda la última idea fuerte, pública
y política, de la niñez la consolidó
el peronismo en sus discursos y prácticas de la década
1945 - 1955. Es un "mundo infantil" sólido
y luminoso. Los niños juegan, estudian, están
en la escuela, practican deportes, van de vacaciones, saludan
a la bandera. Están amparados por las figuras tutelares
de mamá, la señorita y Evita. El padre apoya
la mano sobre el hombro del niño que mira al porvenir.
Y más, son parte de un Pueblo
y de una Patria, que se escriben en los cuadernos con P mayúscula,
como Perón. Y en esa Patria tienen un lugar destacado,
son "los únicos privilegiados", como si dijéramos
hoy "prioridad absoluta" o "interés
superior del niño", fórmulas acertadas
pero que suenan un poco más abstractas. Esta integración
política de la niñez impregna los mensajes y
la comunicación oficial. Vemos un "Plan Quinquenal
al alcance los Niños" donde el plan estratégico
de gobierno está explicado para ellos y dónde
son el centro y fin de vastos desarrollos. Los libros de lectura
llevan nombres como "Patria Justa". La Ciudad Infantil
y la República de los Niños, plasman esa idea,
mezcla de cuento de hadas, paraíso y ciudadanía.
Y más, porque Evita fue mucho más
lejos. Cuando define las políticas sociales, y en ellas
las de niñez que ocupan un lugar central, las coloca
en otro eje del que habitualmente desarrollaba la beneficencia:
"No es filantropía ni es caridad, ni es limosna
ni es solidaridad social ... Para mí es estrictamente
justicia." Como si hoy dijéramos concebir
las políticas públicas de niñez desde
la óptica del derecho. Y más, porque Evita
entendió a la niñez, como lúcidamente
lo señala Sandra Carli, como vanguardia: "Para
Eva Perón, la ayuda social al niño tuvo, además
de su carácter reparatorio y de redención social,
un sentido político instituyente de un nuevo orden
cultural y político. Ese niño, pequeño
descamisado, cabecita negra, del interior del país,
huérfano o paria, iba a ser vanguardia, ciudadano,
peronista leal, artífice del futuro."
Evita los ve y los convoca: "Allí
están los niños que no figuraban en la preocupación
de nadie porque no podían votar, ni podían prestar
sus nombres inocentes para las sucesivas farsas electorales
con que se pretendía demorar el despertar de nuestro
pueblo. Allí agonizaban subalimentados, enfermos, los
hijos de los mismos que creaban la riqueza y que no tenían
ante ellos otro futuro que el hospital, la miseria y la desesperación;
o el delito." Este discurso promueve una práctica,
un dispositivo de intervención: "La ayuda social
al niño, para Eva Perón, incluía varios
pasos: la movilización o el reclutamiento de la población
infantil pobre y la inclusión de los niños en
nuevo tipo de dispositivo institucional (ciudad infantil,
hogares, escuela). Este tipo de intervención estatal
pretendía alterar radicalmente la continuidad intergeneracional
de la pobreza y de la cultura política: desde este
imaginario se creía que otro tipo de experiencia de
infancia podía proyectarse hacia el futuro de la sociedad
argentina provocando una ruptura en los futuros prediseñados
por el origen social, por tradiciones intelectuales y por
trayectorias políticas. Si evaluamos la persistencia
histórica de la identidad peronista, esta creencia
debería ser tenida en cuenta para el análisis"
(Sandra Carli).
Jacinta Pichimahuida y los signos de los
tiempos
1966. En la pantalla de canal 9, el
canal de las mellicitas Nu y Eve, se inicia la transmisión
de una tira televisiva que hará historia: Jacinta Pichimahuida.
La maestra angelical, nacida de la pluma de Abel Santa Cruz,
es interpretada por Evangelina Salazar. La escuela pública,
el barrio y su universo plural y policlasista, el mandato,
aún vigente, del ascenso social por el estudio. Y un
mundo de valores simple que Jacinta Pichimahuida sintetiza
con claridad proverbial: Los que se portan bien van al cielo.
Los que se portan mal, al infierno.
En el noticiero se contaba (y se ocultaba) otra historia:
El Onganiato, la Noche de los Bastones Largos, la política
económica de Adalbert Krieger Vasena, con su apellido
de Semana Trágica, que produjo una devaluación
del 40%, congeló los aumentos salariales por dos años,
suspendió los convenios colectivos de trabajo, sancionó
la Ley de Alquileres que facilitaba los desalojos compulsivos,
y la Ley de Hidrocarburos que abría la puerta de las
empresas privadas trasnacionales al negocio del petróleo,
entre otras medidas.
1974. Pichimahuida vuelve. Sin mayores
variantes, tal vez más deshilachado el mito, pero aún
pleno de vigencia. Esta vez es María de los Ángeles
Medrano la que encarna a la Señorita Jacinta. Sobre
el éxito de la serie se monta ahora un incipiente y
candoroso proyecto multimedia, ya que se lanza también
una publicación semanal en formato de foto novela y,
posteriormente, una película que se estrena en todos
los cines.
Desde la aparición de la serie televisiva al estreno
de la película, en 1977, los argentinos vivimos otra
película, de terror. La muerte de Perón; la
presidencia de Isabel, el "brujo" López Rega,
Las Tres A; el golpe genocida de Videla, la desaparición,
tortura y asesinato de miles y miles de compatriotas. Ya no
era tan claro dónde quedaban el cielo y el infierno
ni cómo se accedía a ellos.
1983. Con el advenimiento de la democracia
renacen las esperanzas y renace, también, Jacinta Pichimahuida.
La tira ahora se llama "Señorita maestra"
y Jacinta Pichimahuida es interpretada por Cristina Lemercier.
La figura paternal y compinche del portero Efraín (Héctor
Fernández Rubio) impuso su definición de la
niñez escolar: "Blancas palomitas" con la
que diariamente les daba la bienvenida. Pero el héroe
indiscutido de todos los niños era Palmiro Cavallasca.
Bruto como un arado pero bueno como el pan. Con su famosa
frase "me hirve la cabeza" actualizaba el
viejo axioma de Salomón en el Libro de la Sabiduría:
"Quien agrega ciencia, agrega dolor".
La hiperinflación, las leyes de obediencia debida y
punto final fueron horadando el sueño democrático.
El golpe financiero al presidente Alfonsín. El advenimiento
del menemismo y la década neoliberal de los '90. Mejor
no saber ni lo que pasó, ni lo que se viene. Cuando
Domingo Cavallo manda a "lavar los platos"
a la socióloga Susana Torrado quien advierte con sus
investigaciones que vamos derechamente al desastre, aspira
a una sociedad Cavallasca, pero sin bondad. El cinismo
parece ser la mejor actitud para la época. Jacinta
ya no volvería.
Década del '90 y fin de los tiempos.
Esa última aparición televisiva fue un verdadero
canto del cisne. Los noventa ya no pudieron tener su Jacinta
Pichimahuida. En 1995, murió Abel Santa Cruz, el padre
de Jacinta. La Señorita Maestra terminó sus
días el 27 de diciembre de 1996 con un balazo calibre
38 en la cabeza. Más allá del expediente judicial,
hasta hoy se discute si Cristina Lemercier se suicidó
o fue asesinada. Su marido, Raúl Ortega, hermano de
"Palito", y por entonces embajador plenipotenciario
en Costa Rica, se vio envuelto en las sospechas ya que estaba
presente cuando se produjo el hecho y la autopsia reveló
que el cuerpo estaba lleno de moretones. El suicidio se habría
producido después de una fuerte discusión con
su marido, del que se encontraba separada de hecho hace un
tiempo.
El 17 de junio de 2004, una noticia policial
conmovió a los seguidores de la telenovela de Jacinta
Pichimahuida que, tal vez a su pesar, ya habían crecido.
Siracusa, que era el travieso de la clase, había sido
abatido por la Policía Federal. Y Cirilo, el negrito
que vivía enamorado de la rubiecita Etelvina, fue detenido
acusado de robo calificado. Cirilo, para ese entonces, era
cabo de la Policía Federal y con Siracusa tenían
un conjunto de cumbia. Todo sucedió en un confuso episodio
en el que un efectivo de la comisaría 25 que estaba
de civil, impidió el robo de un maxikiosco en Palermo
disparando contra Siracusa y un ex agente de la Policía
Federal. Los dos murieron y Cirilo, que también estaba
presente, cayó en la volteada como cómplice.
Las malas lenguas hablaron de un ajuste de cuentas entre policías.
Al amor imposible de Cirilo no le fue mejor.
En julio de 1989, Etelvina, embarazada de dos meses y deprimida,
se arrojó desde el segundo piso de la casa de sus padres,
en Avellaneda. Palmiro Caballasca zafó. Tiene un poli
rubros en el barrio de Villa Luro. En la pared del negocio
exhibe, blanco e inmaculado, el delantal que usaba en la serie.
Si tuviéramos que buscar un final a
esta historia, elegiría el velorio de Jacinta Pichumahuida
en 1996. Además, ya fue escrito en la crónica
periodística que dio cuenta de la muerte de Cristina
Lemercier : "El velatorio se realizó en medio
de una absoluta reserva. La familia de la actriz impidió
que el periodismo ingresara a la sala funeraria. Sobre la
vereda, pudieron verse muchas coronas; entre ellas, se destacó
la que mandó el presidente de la Nación, Carlos
Menem". Lo demás se dio por añadidura.
No siempre las historias terminan bien, como quería
Abel Santa Cruz.
¿Y ahora?
En el año de los escombros, en
ese 2002 después del terremoto, se publica "El
Manual del Niño Peronista" que reúne
la obra plástica con que Daniel Santoro da cuenta de
la mitología peronista y recrea desde el amor, la ironía,
la irreverencia y la desmesura ese mundo de los únicos
privilegiados. Es un ejemplo de vigoroso trabajo artístico
y cultural. No hay muchos.
¿Seremos capaces de forjar un discurso sobre la niñez,
con los niños? ¿Podremos encarnar los avances
que en el plano simbólico fuimos forjando en estos
20 años de la Convención de los Derechos del
Niño? Desde la Constitución Nacional y las Provinciales,
desde las leyes y decretos, desde el nuevo lenguaje técnico
y jurídico ¿seremos capaces de dar cuenta de
la realidad de los chicos de las barriadas del conurbano?
Al lenguaje un poco abstracto con que fuimos derogando la
concepción del patronato ¿podremos insuflarle
vida, calor, épica, contenido político? Para
que la palabra, como en el Génesis, sea creadora de
vida. Para que se haga la luz. ¿Podrá ser palabra
de esperanza?
Porque está llegando la Patria de los Niños.
Por la puerta de atrás está entrando, por la
puerta del dolor. Pero llega. Junto a otras Patrias que ya
han entrado a empujones. La Patria de los Pobres, de los cabecita
negra, el aluvión; la Patria de las Mujeres, que acercaron
el amor a la política; la Patria de los Pueblos originarios,
nuestros paisanos los indios, como los llamó alguna
vez el General San Martín.
Están llegando los niños para librar la última
batalla por la ciudadanía. La última, que resume
y redime todas las demás. "Aquí estamos",
nos dicen.
¿Nos piden que los ayudemos? Puede ser. Pero en realidad
vienen a salvarnos. Escuchemos.
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